lunes, 14 de febrero de 2011

Coincidencia Fatal

Esa lúgubre tarde dominguera del mes de febrero empezaron a llegar gentes desde todos los puntos lugareños, montados o a pie, con las fundas en las manos conteniendo dentro el mejor gallo que consideraba cada quien, porque era quincena y la gallera del batey estaba de fiesta. La madre sentada en la acera del barracón presintiendo cada vez que esto ocurría, lo que iba a suceder aquella tarde de sol rojo sangre, oyendo el bullicio de las gentes y la música que salía de la vellonera situada en el bar de la gallera.
Todos le llamaban la “vieja Nina”, con ese nombre la conocí sin más riqueza que sus dos brazos para trabajar en la finca, no sé de donde era oriunda, porque nunca le conocí familia alguna, excepto su único hijo al que todos conocíamos con el sobrenombre de Caamañito.
Este era un mozo ignorante que no tenía ninguna formación y por tanto se había ganado la fama de malo, aunque su maldad consistía en tomar ron todos los días y luego que se emborrachaba hacerse sentir en el grupo, rompiendo la botella, tirar una silla o sacando su filoso cuchillo para amenazar a las personas inofensivas que se encontraban en los centros de diversión, como en la gallera, el billar, el bar. o en cualquier velorio que se celebrara en algún lugar cercano.
Todo esto sólo era producto de los efectos del alcohol, porque realmente en el fondo, no mataba ni una mosca. Pero a través del tiempo fue creando fama y todo lo que pasaba en el batey se le pegaba a él.
Su fin llegó como casi siempre ocurre con estas personas, en medio de una borrachera. Aquella tarde la gallera estaba en sus buenas y en medio de la pelea del “Canelo de Lico y el Pinto de Jesuito”, se hacían apuestas de todo tipo, cuando se escuchó la voz estropajosa de Caamañito:
-Pago peso a medio al Pinto- vociferó.
-Doy- contestó “Pelón” que estaba del lado opuesto.
Pero casi al instante, hubo una explosión de voces que anunciaban la muerte de uno de los gallos.
-Uuuueee...
A seguidas Momón, el Juez de valla anunciaba:
-Perdió el Pinto.
Todos comenzaron a pagar sus apuestas con todo el honor que caracteriza al gallero, pero en medio de la algarabía se escuchaba una discusión entre Caamañito y Pelón en un rincón de la parte más arriba de la gallera.
-Págame mi medio peso-decía Pelón.
-Págame tú a mí-ripostó el otro.
-Yo iba al Canelo.
-Al Canelo iba yo...
-Miree...
De repente en la mano de Pelón brilló con un rayo de sol poniente rojizo de aquella tarde, el mortal acero del cuchillo, que sin que nadie pudiera evitar por la rapidez de la acción, atravesó el costado izquierdo de aquel infeliz de poca estatura y mal nutrido hombrecito travieso, que sólo atinó a mirar la multitud con ojos brillosos y una leve sonrisa de idiota que dejaba ver sus encías, porque los dientes hacía tiempo que los había perdido en una de sus travesuras.
Desde ese momento, Pelón desapareció del lugar y nunca pagó condena por la muerte de aquel ignorante, que aunque su herida era mortal por necesidad, no murió en ese mismo momento, lo que dio tiempo a llevarlo al hospital del pueblo, donde en la sala de emergencia pronunció sus últimas palabras, refiriéndose a su propia persona, pero que dejaron pensativo a los galenos que lo atendieron, los cuales no sabían su nombre, creyendo éstos que estaba delirando en la agonía de la irremediable muerte que lo esperaba . -¡Carajo!, como mataron a Caamaño- dijo, reflejando en su rostro una inocente y amarga pena salida desde lo más profundo de su alma .
Esa misma noche le entregaron el cadáver a su madre, “la vieja Nina”, quien era su único doliente.
Pero los médicos que lo atendieron, quedaron con la interrogante de esas últimas palabras que pronunció el difunto antes de morir, que debieron haber sido para ellos como un presagio fatal, porque coincidencialmente a los tres días de esto se escuchaba en la radio y se leía en todos los periódicos del país el apresamiento y fusilamiento del héroe de la revolución de 1965, cuando entró por playa caracoles, quien era el que llevaba el verdadero nombre de Caamaño.

Por el `Profesor Alberto Perez

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