jueves, 19 de mayo de 2011

CARGANDO EL VENADO.



  Estaba un hombre a la orilla del camino sentado en una piedra, bajo la sombra de un frondoso Amapola.  Se le miraba triste, meditando cabizbajo; casi, casi a punto de soltar el llanto. 
  Así lo encontró su compadre y amigo de toda la vida, quien al verlo en tales fachas, le preguntó cual era el motivo, para que él se encontrara en situación tan deprimente.
 - Compadre, la desconsiderada de tu comadre, ella es la culpable de mi situación- dijo. ¡A tu comadre!, esta noche la mato la desaparezco, pero de que se muere, se muere. 
 -No digas eso compadre, mejor dígame,  por qué la quiere matar, a lo mejor te puedo ayudar a encontrar una mejor solución al problema. 
 El compadre, después de respirar profundo y conseguir la calma, empezó su relato. 
-Mira compadre, tú sabes que somos muy pobres y en mi humilde rancho la única forma de acompañar los frijoles es con un pedazo de carne que consigo en el monte cuando salgo de cacería.
Me voy  con mi escopeta, paso  varios días de penalidades, arriesgándome con los peligros del monte, esquivando víboras y  tigres,  soportar la terrible comezón que me producen las garrapatas, los piquetes de moscos. 
Aguantar cómo se me mete hasta los huesos el frío de las noches. Luego, por fin, si la suerte me socorre y logro cazar un venado, todavía tengo que cargarlo en mis espaldas todo el largo camino de regreso al rancho y subir la cuesta de la loma hasta llegar a mi casa. 
 
Todavía no termino de llegar  cuando aparece mi señora con el cuchillo en la  mano e inmediatamente empieza a repartir el venado entre los vecinos y sus familiares.  
 Que una pierna pa' doña Juana, que otra pa' doña Cleo, que este lomito pa' mi mamá, que esto pa'llá,  que las costillitas para mi hermana  y a los dos o tres días de nuevo sin nada que comer y ahí voy de tonto otra vez de cacería.
¡Pero ya me cansé y esta noche como mínimo la descuartizo.  
El compadre de aquél pobre desdichado, después de meditar un momento,  le dio la solución diciéndole:
 -Invita a tu mujer a cargar el venado. 
 -¡Qué!
 -Sí, llévate a la comadre de cacería, No más no le digas las penurias que pasas para llevar el venado a tu casa. Mejor píntasela bonito.  No le hables de caminos empedrados, ni de  los bichos, ni los peligros, ni del frío ni el calor.
 Dile que la invitas a la cacería para que los dos disfruten juntos de los bellos paisajes, del esplendor de las estrellas que te cobijan en la noche,  De los manantiales cristalinos que reflejarían románticamente sus imágenes, 
  De la graciosa manera en que camina el venado, como si fuera un bailarín de ballet, de el dulce canto de los grillos y los pajarillos silvestres, en fin, píntale bonita la cosa.  El compadre siguió el consejo. Por supuesto la convenció.  
La mujer, entusiasmada, se fue con la falda larga hasta el tobillo, poco a poco se le desagarraba con las púas en el camino y al cruzar el primer "pantanal" se redujo a minifalda porque la prenda quedó desgarrada.  
La blusa le quedó toda jodida, los zapatos se le rompieron por las piedras y las espinas la hicieron sangrar.  Se le pegaron por  todo el cuerpo garrapatas y bichos. El fuerte sol le quemó la piel, el pelo se le maltrató, le quedó tieso como estropajo, las manos llenas de ampollas y llagas que se le hicieron  al abrirse paso entre el espeso monte. 
  Toda vuelta una etcétera y sin aliento, estuvo a punto de sufrir un infarto al toparse con una enorme víbora. 
 Por fin, después de tantos martirios, encontraron al venado. El hombre sigiloso se acercó a su presa, y localizó el blanco justo para liquidar al escurridizo animal. ¡Bang! Y el venado cayó muerto.  
La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero no era así.  
  --Ahora, mi amor, quiero que cargues el venado para que veas lo bonito que se siente -- le dijo el hombre masticando con una expresión rabiosa  en cada una de sus palabras. La mujer casi  se desmaya ante la mirada asesina de su marido, pero ante la desesperación por regresar a su casa no tuvo aliento ni para replicar, cargó el venado en su espalda hasta su casa.  
Vuelta lodo, casi muerta y con las piernas temblando, jadeando y a punto de reventarle el corazón, llegó y tiró el animal  en la sala de su casa.  Sus pequeños hijos  y sus vecinos, salieron a recibir a la pareja de  cazadores y acostumbrados a la repartición, gritaron los niños  a su mamá con alegría: 
--¡Mamá, mama! Vamos a repartir el venado,  la mamá de Huguito está esperando por una pierna del animal.
--¿Mami qué pedazo le llevo a mi tía?, le dijo otro.  
La mujer  tirada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar la cabeza y con los ojos inyectados de sangre volteó a ver a los niños y agarrando aire hasta por las orejas, les gritó: 
 
 ¡Este venado no me lo toca NADIEEEE! y tú Huguito, ve y dile a la vividora de tu mamá que salga a cazar Venados!
 -¡El que toque este lo Mato!...
REFLEXIÓN" 
Para valorar el esfuerzo ajeno y respetar la real dimensión del trabajo de los demás, todos debemos aprender a "cargar el venado". La experiencia adquirida con el paso de los años nos ha enseñado.  Que solo se valora aquello que hemos conseguido con esfuerzo propio.
(Anónimo)

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